Sentado en este pájaro de hierro
contemplo la extensión del infinito,
dejando atrás montañas, valles, cerros,
y sólo veo el inmenso océano negro
tan grande que me irrito.
Y es que me duele tanto la distancia
que separa mi cuerpo de la tierra,
como el hecho de recordar su fragancia,
unido a la impotente circunstancia
de verme en esta guerra.
Salí de casa buscando consuelo,
ella salió buscando compañía,
y la hermosa caída de su pelo
me trasladó esa noche al mismo cielo
hasta llegar el día.
Creyendo en el olvido la aventura,
recordaba con nostalgia la escena y
producto del azar, o la ternura,
surgió como mensaje la locura
comienzo de mis penas.
Surgió, y con erótica esencia,
devoramos con lujuria la noche,
disolviendo los atisbos de inocencia
que hubieran hecho acto de presencia
ese día en el coche.
Y quisimos repetir, y acordamos
volver a desatar nuestros instintos
mientras no se nos fuera de las manos,
para nunca, nunca entrar, como entramos
en este laberinto.
Mas ¡Cómo no! Somos todos humanos,
y el amar dió comienzo a la tragedia,
convirtiendo los buenos ratos sanos
de la nocturnidad de este verano,
en amor que me asedia.
Amor, que aunque yo sea muy selecto
de encontrarlo nunca tuve la intención,
y aún sabiendo que no hago lo correcto
sé que he encontrado al ser perfecto,
me lo dice el corazón.
Aunque desconfié al primer momento,
no tardé en percibir mi boca muda.
Viendo volar una lágrima al viento
mi corazón se puso en movimiento,
disipando toda duda.
Desde ese día de julio han pasado
mil noches, ninguna para el olvido,
tantísimas en nuestro descampado,
mas todas y cada una, a su lado
siempre las he vivido.
Y así he de vivir cien mil noches más
con sus besos, a su cara bonita
nunca me resistiré, nunca jamás,
porque a su lado soy Superman, un as,
y ella mi criptonita.


No hay comentarios:
Publicar un comentario