
-“Base Chaouen, aquí Serch. Estamos en el punto límite, entrando en vector de impulso orbital lunar. Procedo a cortar la comunicación”
-“Recibido, Serch. Que tenga un buen trayecto en la Sun Seeker. Reanudaremos la comunicación cuando salga de la órbita lunar.”
Mi tercer día a bordo es especialmente solitario. La nave empieza a acercarse poco a poco a la superficie de la Luna mientras comienza a bordearla. Antes de que el gris lunar invada todo el campo visual, me da tiempo a contemplar esa bolita completamente azul que es la Tierra. No se ven las nubes, ni los continentes, como nos hacen creer en las películas. No desde tan lejos. Tan sólo azul, un triste y melancólico azul.
Ahora es cuando me arrepiento de haberme subido a esa nave. Toda la vida preparándome para irme lejos de mi hogar, lejos de la gente, de los dolores, de los desamores, del sufrimiento, de todo… y ahora es cuando lo echo de menos. Porque ahora entiendo que a pesar de todo eso, he vivido lo mejor de mi vida allí. Estoy a un cuarto de millón de kilómetros de casa, rumbo a Saturno.
Dejo atrás muchas experiencias, que vienen en forma de flashes a mi mente, tantas que me sorprendo de ello. Cosas que no recordaba, cosas nimias, o bien del día a día o bien sucesos concretos, el caso es que vienen a mi mente de manera aleatoria y desordenada. Cosas de seres humanos.
Como ese reencuentro fugaz con mi amada, una noche que ya había perdido toda esperanza de verla… Corrían tiempos difíciles y su ausencia empezaba a hacer mella en mí. Y de repente un mensaje “no dejes que salga el Sol sin que te bese”. Fue como bañarse en felicidad.
Ese viaje en barca de remos con un amigo hasta el borde de alta mar en el Caribe, sin crema, sin nada, rojos como tomates, con una insolación de mil demonios y un mojito mezclado con agua de mar agitándose entre mis piernas. La playa estaba a casi un kilómetro, estábamos molidos y aún había que volver. Digno de recordar.
Y tantas y tantas cosas… Esa llamada telefónica cuando me volvía a mi casa en coche, que cuando descolgué sonaba esa musiquita tan familiar que tanta ilusión me hace… Esas cartas navideñas que venían del otro lado del océano y que leía con tanto entusiasmo… Mi perra dando vueltas mientras intentaba cazar su propio rabo… Mis amigos y sus teorías de cómo ligar…
Y la cantidad de lugares en los que he disfrutado, haciendo cosas de lo más variadas. Me recuerdo buceando para pescar vieiras en el golfo de México… Aguantando el chorreo del agua bajo las cataratas del Niágara… Rodando por las calzadas de Buitrago, por la autovía de Valencia mientras atravesaba Mordor, dormir en una granja gallega o comer fuet en Girona, picotear una fritanga en Málaga y ligar con una borrachilla en Alicante...
Y recuerdo con cariño mis aventuras, como fotografiar un atardecer en las orillas del Zambeze, o despertarme de la siesta mientras un antílope rumiaba a unos pasos de mí… Jugar a la ruleta en el casino más caro de Las Vegas o sobrevolar el Gran Cañón… Mirar con entusiasmo los taxis de Nueva York, mientras bebo un café corto de café y largo de agua… Meterle un dedo en la nariz a una estatua de Tutankhamon de miles de años de antigüedad o bañarme en el Nilo… Comer con mi familia mientras veo saltar a las ballenas grises en Ciudad del Cabo… Tomarme una cerveza con mi hermana, en una taberna de Londres, o subir andando la torre de la catedral de Köln…
Y hacerme una foto con los músicos de Bremen, comerme una hamburguesa en Hamburgo, ver París desde una ventana del aeropuerto, meterme en una celda de Alcatraz, o visitar Lombard Street mientras me bajo de un tranvía en San Francisco… Sentarme en un coche de policía en el Bronx o pasar de Manhattan a New Jersey en un ferry… Aprender a decir “mierda” en turco en un campamento alemán, o tirar con arco a un espantapájaros de Florida. Tantos viajes, tantos recuerdos...
Y el ruido del mar, de las olas. Lo que era sentarse en el muelle de un puerto, a oler el salitre, a ver el hipnótico balanceo de los barcos amarrados, los brillitos del Sol en el agua, las algas y las lapas que crecen en el límite de lo mojado y lo seco… La arena de la playa, los días sin nada que hacer, de paellas y frituras, de tedio horizontal sobre una toalla mientras ves pasar a la gente, que camina con el mismo tedio que tú…
Y esos días en casa, que salías a darte una vuelta por el recóndito y acogedor pueblecito… Pasear por las veredas, escuchar los insectos veraniegos, las chicharras, los grillos, alguna avispa descarriada… Los perros que ladran y algún rebaño de vacas que pace tranquilamente en el prado, y yo contemplaba el paisaje, las montañas, la inmensidad…
Y los paseos por el Madrid otoñal. Rebozarse en una montaña de hojas secas o tomar un café en La Vaguada, comerse un bocata en la Plaza Mayor, ver una película en un cine de Gran Vía, o picar unos calamares en la puerta de Alcalá, son cosas que no se pagan con dinero. Subirse a la catedral de la Almudena y ver el casco viejo de tu ciudad natal… En fin, son esos momentos que te sentabas a disfrutar, y te dabas cuenta que la vida valía la pena.
Todo eso me hacía sentir terriblemente enlazado con esa canica azul.
Y ahora, a casi un segundo luz de mi planeta, mientras miro brillar los restos de las antiguas sondas que exploraron un día la Luna, desperdigados por la superficie de arena infinitamente gris, siento con inmensa nostalgia que ese lazo se rompe. Siento que mi vida se acaba como vida y empieza mi destino.
Me dirijo en representación de la Humanidad a contactar con una civilización ajena al Sistema Solar. Cuando vinieron hace miles de años, se dejaron un inmenso montón de chatarra flotando en las proximidades de Saturno. Un naufragio estelar, que lo llamamos nosotros. Yo soy el que va a sentar las bases para una colonia de investigación que derive en su misma órbita. Queremos buscar un medio de comunicación. Queremos contactar, creemos que estamos preparados.
¿Pero a qué precio? Sólo soy un ser humano. Pero para mí, yo soy yo, y mi vida se ha acabado ya. Tardaré años en volver, y nada de lo que conozco será igual. Mi pueblo será una ciudad, mi ciudad será un país, la mujer a la que amo habrá vuelto a hacer su vida, posiblemente se haya ido lejos de nuestro hogar, para no tener que soportar este castigo al que la someto. Mis amigos se habrán disuelto, habrán hecho nuevos amigos y vivirán sus vidas, alguno incluso se habrá quedado por el camino. Mi familia se habrá convertido en cuatro familias propias, y mis padres seguramente vengan a visitarme para quedarse conmigo, presentes de alma solamente. Y no estaré para echarles un clavel en su sepultura.
Sigo mirando por la ventana, y algo flota por delante de mis ojos. Son mis lágrimas, que desafían la gravedad y acaban sus efímeras vidas colisionando con el panel de instrumentos. Me seco los ojos y sigo mirando el gris, que se acaba. Ahí está la Tierra, imponente, altiva, segura. Ahí está mi pasado, todo lo que conozco, todo lo por lo que ha valido la pena nacer y vivir. Ahí está mi vida.
Allí vivía yo. Y me estoy alejando.
Afronto mi destino, porque soy capaz de todo. Pero no quiero irme. Dios, cuantísima soledad me espera. Os echo de menos. Sobre todo a ti, Tierra.
Hasta siempre.


1 comentario:
En dos palabras IM- PRESIONANTE...
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