
Clinc.
Clinc.
Clinc.
Clinc.
El tintineo de las espuelas me hiela los nervios. Noto una presión en el pecho que no permite que me distraiga de ese nefasto pensamiento: la muerte. Aunque la situación es adversa, no creo que salga mal. Yo siempre he caído de pie. Siempre.
Pero por algún motivo el orgullo me ha atrapado en esta locura, y aquí me hallo, haciendo crujir los matojos bajo mis pies. El sol cae de plano, abrasando todo cuanto toca, haciendo crujir las maderas de las vacías casas dispuestas desordenadamente a mi alrededor. No es un pueblo convencional, no tiene una avenida ancha con el Saloon y el Cabaret enfrentados, no tiene casas de tres alturas. Tan sólo una maraña de construcciones de madera, desvencijadas por la carcoma, por los cañonazos, tronchadas, partidas, resecas y astilladas, que no permitirían el peso de un francotirador en una ventana. El silencio que lo envuelve todo da más miedo incluso que la ausencia de cualquier ser humano.
Por eso ando tranquilo, nadie me acecha, nadie más que los buitres que me rondan desde arriba, esperando pacientemente que me canse de tan solemne estilo de vida, y que mi conciencia prefiera alimentarles. Los buitres, esos seres altaneros, agresivos y vagos, que se les ha concedido la virtud de comer gratuitamente, a costa del trabajo más indigno de la naturaleza: esperar. Porque no es comerse un cadáver cosa que importune a un estómago hambriento, mas esperar, esperar es algo que no debería hacer nadie en la vida. Esperar es el castigo más injusto y el infierno más verdadero. Es peor el purgatorio que las llamas de Satán, porque al menos en el infierno, nadie espera a nadie.
Paso al lado de la barbería, y me detengo. Si voy a morir, sería de mi agrado ser del agrado de quien me mata por no ser de su agrado. No lastra tanto el alma disparar a bocajarro a un sucio y despreciable hombre, dejado de la mano del Señor, barbudo, harapiento, maloliente y descuidado, que llenar de plomo a un rival que hasta muerto luce mejor que tú. Quiero que se le quede grabado a sangre y fuego en su retina, el rostro del truhán con mejor presencia a este lado de la frontera. Además, siempre he sido muy coqueto, por eso es que he yacido con las mejores vedettes, de cualquier cabaret, de todo estado que ha sido bendecido con mis pisadas. Tomaré un baño, me afeitaré, me perfumaré, y continuaré con mi tránsito en el tiempo.
Entro en el local, y observo que los picotazos con plomo en la puerta de roble son fieles cronistas de que nadie se fue de allí pacíficamente. Los confederados han arrasado todo cuanto le pueda ofrecer resistencia, incluyendo Fátima’s Hill, el principal abastecedor de armas de los Estados del Norte, y su descascarillada barbería. Me da igual, sólo busco jabón y una cuchilla.
Ya es más de mediodía. Tras el baño, en el cual he derrochado todas las sales para tapar el hedor del agua estancada, contemplo en el espejo que no he tenido mejor aspecto ni tan siquiera en el día de mi boda. Prosigo con mi andanza mientras me lío un generoso cigarro, puesto que podría ser el último.
Mi paso es pesado, mi mirada inquieta, mis movimientos, mínimos. No tengo prisa por morir, por eso mi andar es cansado; no me fío de las sombras, por eso mis ojos fluctúan; necesito todas mis fuerzas, por eso escatimo en moverme. Sigo pensando qué pasaría si me diera la vuelta y galopara lo más lejos posible de allí.
Pero no lo pienso mucho. Realmente, he sido un tipo con suerte, pero el caer de pie no tiene nada que ver con la fortuna. Siempre he afrontado mis miedos, no tengo bestias negras. Nunca he temido a la muerte. Nada puede hacerme daño, por eso nunca dudo. No le tengo apego a nada en la vida, ni hay situación de la que no se pueda salir. El dolor es fuerte pero el tiempo es el remedio de todos los males, y otra cosa no sé, pero tiempo tengo. Treinta años aún es media vida hasta en un sitio tan inclemente como éste. Yo sigo andando, mi hora llegará cuando tenga que llegar, pero no voy a dejar de andar, y menos darme la vuelta. Que aquí mueran los gallos antes de que corran las gallinas.
Ahí está.
Recortada contra el horizonte, la silueta de mi adversario. El sombrero inclinado le cubre la cara, y aunque la sombra no deja ver el rostro, se ve que la barba le brilla de pura grasa. Seguramente haya tomado la determinación opuesta, “si voy a morir, al menos vivir plenamente mis últimos días”. No hay lugar para la higiene, cuando te dedicas al pillaje, violación, robo, abuso y maltrato, y permites que te coma la dejadez de aquel que no respeta su propia vida. Es un ser despreciable. No me pesará en el alma verle agonizar.
Despreciable, pero valiente. Afronta su destino aún a sabiendas de que podría evitarlo, total, nadie culpa a un miserable de ser cobarde. Pero está ahí. Enfrente. La tensión se dispara.
El ruido de las espuelas me incomoda demasiado. Sudor pegajoso se mete en mis ojos, haciendo que me cueste ver. El baño no ha servido de nada, vuelvo a chorrear de puro nerviosismo y de este maldito calor que abrasa como el fuego, me envuelve con sus despiadadas llamaradas.
Ya estamos enfrentados. No nos separan más de cincuenta metros, así que dejo de caminar y levanto la mirada: los buitres nos rondan a nosotros. ¿Tantos duelos habrán presenciado? Se oyen sus chillidos reverberar en los cañones del río, y salvo por eso, no se oye más que mis propios latidos: tun tun, tun tun, tun tun. La tensión es tal que no podría cortarse ni con hacha. El desenlace está cerca.
Piernas entreabiertas, brazos separados del cuerpo, manos abiertas en garfio, mirada fija en el oponente, cigarro apagado en la boca. Si yo supiera que en el siglo que viene esta postura iba a ser tan popular, posiblemente estaría más orgulloso de lo que estoy de mí mismo.
Pasan los segundos hacia atrás. Se han callado hasta los buitres, en un triste homenaje al razonamiento del que presume, pero que no muestra, el ser humano. El calor que desprende mi revólver sugiere que ni siquiera la experiencia de ser el primero en apretar el gatillo y accionar el percutor, me va a ser gratificante. Pero salvar una vida como la mía bien vale una quemadura. Aquí estoy, el orgullo ha vencido a la razón, y ahora el cuerpo tendrá que ser más rápido que el orgullo.
Llegó la hora.
Tres disparos, dos de uno y uno de otro, acaban con el sepulcral silencio durante unos segundos. El eco hace que se graben para siempre en la memoria esos terribles truenos asesinos; después no se oye nada. Nada de nada.
Nada excepto unas espuelas.
Clinc.
Clinc.
Clinc.
Clinc.


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