
-“¡Hasta luego fiera, dame un toque cuando llegues a casa!”
Con ese sencillo saludo despedimos una noche de tapeos por el casco viejo de la ciudad, mi colega y yo, creyéndola acabada. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que parecía una muesca más en el marco de las noches perdidas, estaba aún por convertirse en la noche más bizarra de toda la historia de mi vida.
Arranco el coche y salgo del aparcamiento. Todo va como la seda de momento. Enfilo hacia Cibeles para coger la carretera de La Coruña y delante tengo un coche que va bastante despacio. Pongo el intermitente y me echo a la derecha, total, voy a girar igual en la esquina, pero de repente, el coche me corta el paso. Bueno, pues otro que va despistado, o el típico macarra haciendo honor a su nombre. Me da igual, paso de movidas. Le adelanto por la izquierda y misma operación, se me cruza de nuevo. ¿Será gilipollas? Pisotón al acelerador y le adelanto por la derecha, me pongo a su altura y le digo que está loco y que tengo su matrícula y le voy a denunciar, a voz en grito. Mentira cochina, ni tengo su matrícula ni ganas de perder el tiempo con semejante anormal. Dentro del coche van más de dos y más de tres. Espero que alguno tenga el suficiente sentido común para decirle a su amigo el conductor que deje de hacer el imbécil, que es lo que yo hubiese hecho en esa situación.
Total, me paro en el semáforo y me distraigo toqueteando los mandos de la radio, a ver si encuentro algo digno de escuchar, y de repente, ¡CROC! Me dan por detrás con el coche. Me bajo del mío, sin dejar de alucinar, y cuando compruebo que son los macarras del coche de antes, levanto las manos diciendo “¿Pero tú eres tonto?” Se bajan cuatro tíos del coche, y yo, que soy valiente pero no soy gilipollas, me subo al mío y salgo cagando leches. En el siguiente semáforo lo mismo, viene y me estampa el coche con fuerza suficiente para cascarse el parachoques. “Me ha tocado el retrasado de turno”- pienso. Espero pacientemente que el semáforo se ponga verde y que el mongolo que va al volante se canse y le venza la resaca, y con un poco de suerte se estampe en una curva y no moleste más.
Pero esa noche yo me había cruzado en su camino, y no había escapatoria posible.
No salgo de mi asombro cuando miro por el retrovisor y veo que el individuo coge carrerilla y se choca otra vez. “Algo va mal, este se ha chutado y me la va a liar”. Una cuarta vez es suficiente para que mi capacidad de raciocinio se vea menguada por la ira que rebosa en mi interior. Está claro que busca pelea y con su nuevo juguete se cree el rey del mundo. Seguro que es un pelagatos que le ha cogido el vehículo a su madre divorciada y se aprovecha de la coyuntura para hacerse el gallito delante de sus colegas farloperos. Por favor, que se canse pronto. Me empiezo a poner nervioso.
Quinto choque. Sin avisar, sin saber de dónde sale ni cómo ha escapado a mi control, surgen la ira y el fuego de mi interior. Según toma carrerilla para una sexta vez, yo avanzo unos metros, freno, y clavo una marcha atrás determinante. No lo veo desde aquí, pero seguro que la luz de alarma se ha encendido en su interior. Ahora es cuando se está empezando a arrepentir.
ÑIAAAAAAAA ¡CRONCH! El semáforo se pone en verde.
Noche cerrada. En un semáforo de Cibeles se ponen en marcha los coches, todos menos dos. Un coupé plateado y un quiste con forma de utilitario de cinco plazas que tiene encima del capó. Hubiera pagado todo el salario de un mes sólo por ver la cara del mierdero macarra del coche pijo, fumándose el humo directamente de mi tubo de escape.
Arranco a todo gas, doblo Cibeles y otro semáforo en rojo. Y nuevamente un choque que me quita el hipo y las ganas de hacer el canelo, que nunca tuve. Como no podía ser de otra manera, y como persona sensata que soy, me bajo para hacer el parte de turno y cagarme en la puta madre que le parió al elemento, pero de mi extendido maletero se bajan cuatro armarios empotrados y me empiezan a calentar a base de caricias exageradamente impetuosas. Igual que antes, valiente, pero no gilipollas, me tiro de cabeza a mi coche y me doy a la fuga. Total, los agresores son ellos, los iniciadores del conflicto son ellos, y los que me han dado por detrás, son ellos. En un juicio estarían sentenciados a la horca. Mejor pongo tierra de por medio y que se queden comentando su jugada.
Y cómo no, si hasta ahora todo ha sido bizarro con todas las de la ley, entonces lo que viene a continuación no puede sino subir el nivel de excentricidad y paranoia hasta extremos insospechados. Pues eso, un conductor suicida como yo, volando a ras de suelo, mientras soy perseguido por tonelada y media de metal gris con cuatro hidras en el interior ansiando verme agonizar, por el centro centrísimo de Madrid.
Yo, que aparte de no conocer las calles, conduzco bajo los efectos del miedo extremo, arriesgo mi propia vida con la ironía de estar defendiéndola de la muerte segura. Cuatro tíos dispuestos a estampar su coche y después pisarme la cabeza sin contemplaciones, son motivos suficientes para saltarme todos los semáforos de la galaxia y cualquier línea continua doble y triple, y hasta subirme por los bordillos si hace falta. Me meto por La Latina, calle cortada, rotonda, giro como puedo y les veo al otro lado con caras de furia. Las caras no las veo, las intuyo, porque he de admitir que a la velocidad a la que voy no veo más que el pánico que me invade. Se me va el coche en una curva. Reculo como puedo y vuelvo a acelerar a tope. Triplico el nivel de velocidad máxima para esa calle, pero estoy seguro que en un juicio lo entenderían. Nadie respeta el límite de velocidad cuando sus verdugos se aproximan por la espalda.
Giro a derechas, recta a tope, cambio de rasante a full y ¡OJO, TAXI!... Doblo a izquierdas y a tope otra vez, paso otro semáforo, otro más y… UY UY UY en el de ahí delante están parados ¡Me cago en la puta! Carril contrario, a todo gas y de repente un autobús de la EMT. Ya está. Por un momento pienso que el último resquicio de suerte que he tenido en mi vida se ha agotado en ese mismo instante, y que ahí acaba mi futuro.
El cálculo reflejo más rápido que he hecho en mi vida se da lugar en la sinapsis de mis neuronas, bañadas en adrenalina. Es como si la vida pasara despacio, y yo tuviera el control de todo. Veo las situaciones, veo los coches que se van a cruzar, calculo sus trayectorias, sus velocidades, la distancia que tengo que mantener para que no lean la matrícula y me denuncien… Nadie corre peligro, nadie más que yo. La nitidez es brutal, el tiempo es eterno, los movimientos, exactos al milímetro.
Cómo desearía haberme parado al salir del parking a comprar un bocata de los chinos. Cómo desearía no estar ahí.
Entre el autobús y el taxi que está parado en el semáforo, hay (así a ojo) dos metros treinta, y mi coche son dos metros veinticinco (más menos). Como sé que no puedo detener la tonelada y media de hierros que conduzco aceleradamente, me tiro al hueco, con tan buena suerte que me sale bien y paso, no sin antes desconchar el retrovisor derecho. Se oyen pitadas y gritos de furia detrás, pero voy demasiado rápido hasta para saber qué coche llevo, no hablemos ni de la matrícula. Huyo a derechas y callejeo. Ya no me sigue nadie.
Sudor frío. Músculos en tensión. Puñaladas de adrenalina se acomodan en mi pecho, mientras contemplo impotente cómo mis manos tiemblan totalmente fuera de control. No puedo apenas girar los antebrazos de la tensión muscular, y mis nervios amenazan con matarme allí mismo. Echo la cabeza hacia atrás, respiro hondo, y decido aparcar por ahí para relajarme diez minutos. Es IMPOSIBLE que me hayan podido seguir.
Avanzo unos metros para buscar sitio y cruzo una calle transversal, entonces, veo por esa calle un deportivo gris enfurecido dirigirse hacia mí, a una velocidad incalculable. Me quiero morir. Pienso que si hay alguna pesadilla, esta tiene que ser la peor de todas. Pisotón y de nuevo a la caza de la libertad. Doy vueltas por Madrid desconsoladamente, con un ojo en el espejo sin dejar de mirar los amenazantes faros de xenon y otro en la carretera. Sólo busco una jodida patrulla de policía que se los lleve al calabozo, aunque me cueste medio carnet de conducir. NI UN MADERO EN TODA LA PUTA CIUDAD. NI UNO. ¡Mierda!
A casi cien por hora recibo otro impacto que me desequilibra y casi pierdo el control. “Se les ha ido completamente de las manos, vienen a matarme” – es lo único que ronda por mi cabeza. No quiero morir, así que vuelo raso por las calles de la capital. Veo una salida a la autopista. “Ni de coña”- me digo. Si me embisten a cien por hora con un coche que vale dos veces lo que el mío, qué no harán en carretera abierta. Además, en la ciudad les puedo despistar con mis ciento y pico caballos, porque conduzco como Dios, pero en carretera me cogen en menos que canta un radar. Y si me alcanzan, me echan a la cuneta y eso sí que es muerte segura.
Puerta de Toledo, semáforo ámbar y… ¡GOOOOOL!. Tras diez minutos de persecución, que parecen diez horas, llego a Pirámides a una velocidad que no puedo contener. Tiro los dos pies al freno, pero soy consciente de que la fila de coches que tengo delante va a llegar antes de parar por completo. Mi coche se desliza por el asfalto mojado y va directo hacia un compacto francés que se ha querido parar ahí. Consigo esquivarlo mientras me deslizo pero no puedo evitar tocarle con el parachoques, apenas le he rozado.
Miro por el espejo y aparece el terrorífico deportivo, haciendo enormes sus faros en mi retrovisor, hasta que desaparecen cuando se empotra invariablemente en mi trasero. Se bajan las cuatro bestias pardas y se dirigen con furia incontrolable hacia mí. Con un lamento de desesperación, acciono el seguro de las puertas, pero se me olvidaba que ya estaba echado, con lo que se abren y automáticamente una corriente de aire frío me da en la cara al tiempo que un puñetazo me deja prácticamente K.O. Veo como una mano viene por el lado del copiloto hacia la llave de contacto y mis reflejos físicos, totalmente involuntarios y descontrolados, la interceptan y agarran como si fueran el último asidero de la Tierra.
Lo siguiente que recuerdo es ponerme a gritar, mientras me llueven hostias como panes de anteayer, y me agarro a la mano del indeseable que me grita incomprensiblemente “¡suéltalas, suelta las putas llaves, me cago en la hostia, te voy a matar, hijo de puta, sal de ahí que te voy a matar”. El cinturón me estrangula, me tiran manos por doquier de la camisa, del pelo, de los brazos, y sólo veo una algarabía de gente, mientras saboreo con fruición los nudillos de mis agresores. Debe haber lo menos diez o doce personas alrededor del coche, los del coche que me he comido, los cuatro animales, y otros tantos conductores que se han metido a mediar ante semejante matanza.
El espectáculo debe de ser aterrador desde fuera. Un coche estampado y cuatro salvajes machacando al que está en el interior, que grita espantosamente mientras le calzan, como hienas que arrancan los miembros del cadáver del antílope agonizante de turno. Harto de que me soben el morro, suelto un izquierdazo al aire con toda mi rabia, mientras me jodo los tendones apretando la mano del caníbal que me quiere quitar las llaves. Tan buena es mi suerte que el izquierdazo topa con un probóscide o parte del cuerpo semejante de alguna de las hienas, y cesa la lluvia de puños por el lado izquierdo. Lo siguiente es ir a por el del derecho, pero no hace falta, se ha rendido y ha liberado la llave. “Si llegas a joderme el llavero, ahora estarías muerto, cabrón”- le suelto absurdamente sin contemplaciones.
Entre sollozos y gritos de “¡Auxilio, que me matan!” y quizás invadidos por el miedo de la cantidad de testigos que hay, mis agresores se espacian y el conductor se acerca, intentando dominar sus nervios, que al parecer son parejos a los míos o quizás un poquito más, por el parachoques que lleva colgando desde Cibeles. Veo que el pobre hombre del coche francés, que se ha llevado mi coche puesto, está sujetando a una de las hidras, que se lleva la mano a la nariz sangrante, para que no me despelleje vivo. El conductor me dice “eh tío, no llores, ya está, se nos ha ido de las manos tío, eh, no llores joder, que no llores, venga tío, eh, venga… tíos, está muy nervioso el chico nos hemos pasado, tíos, joder, me cago en la puta… eh, que no llores, que no pasa nada, eh, nada ¿vale? Ahora lo arreglamos, eh, no llores”
Después de cuarenta mil “no llores”, encasqueto la llave en el contacto, pero una de las hidras, un Vicentín de tres al cuarto con ojos desencajados y sorbiendo por la nariz, como buen cocainómano que es, se me sube y me dice “apárcate ahí y no te vayas, o te mato” y yo, que soy muy obediente, me aparco. Y cuando salgo, ya es harina de otro costal. Ahora sí veo todo. Unos siete coches parados, un gentío inmenso y los animales que me han dado el palizón, están más nerviosos que un filete de cinco duros, pálidos todos. Es lógico, en ese momento debe haber unas diez personas llamando a los maderos, y aunque yo llevo una copa, el aliento del hijo de puta que conducía deja ver que lleva una botella por lo menos. Lo que no sé es cómo no se ha matado él. Si vienen los maderos, los mandan de cabeza a Soto del Real.
Me dice “tío, joder, deja de llorar, vas como loco, vas a matar a alguien conduciendo así tío, no se puede ir así” y yo le contesto “pero si me queríais pegar hijos de puta, si habéis empezado vosotros a darme golpes y a cruzaros, qué me estás contando… y el Vicentín ese me quería quitar las llaves y... y...”
Pero lo más bizarro, bizarrísimo, está por llegar aún.
En ese momento un rayo de vergüenza le parte por la mitad y dice “joder es verdad, tío, lo siento, venga joder, no me llores, dame un abrazo, ha sido un malentendido, tío, dame un abrazo”
Y me abraza. Yo no sé si suicidarme, prenderle fuego, o sacar la navaja del coche y hacerme unas botas con su pellejo. Me aparto de él como el que se aparta de un leproso, y le pregunto que cómo íbamos a arreglarlo. Dice que intercambiemos números y que quedemos mañana para hacer el papeleo, porque ninguno llevamos partes de accidentes. Mentira puta, claro que llevas hijo de perra, lo que llevas es una puta cogorza que no te aguantas. Cambio números con el pobre hombre del coche francés y nos disolvemos cagando leches, antes de que vengan los malos de las luces azules.
De camino a casa, con los brazos rígidos cual viga de acero, pienso en la cantidad de radares que habré tenido que disparar, la cantidad de gente que me habrá denunciado por conducción temeraria, la de moratones que me van a salir en el cuerpo, y el lío que voy a tener al día siguiente cuando el hijo de puta este me denuncie por haberle jodido el deportivo a su mamá. También pienso en el bocata de los chinos y en cómo un mal gesto te puede joder la noche, que había sido bastante mediocre, pero entretenida.
Hoy, un día después, he hablado con el interfecto del deportivo, dice que no quiere líos, que no va a dar parte, que mil perdones que se le ha ido de las manos y que bla bla bla… La verdad es que me jode que se vaya de rositas, pero me jodería más tener que contarle a mi familia que casi me mato al salir del bar, porque hay locos sueltos y esa noche me había tocado a mí. Me comeré el orgullo junto a mis moratones y dejaré de tocar las pelotas, porque sí que es verdad que hay partes conflictivas difíciles de explicar.
La primera es beber y conducir. La segunda es subirme marcha atrás encima de un coche que me ha embestido. Si en vez de cuatro pijos encocados, hubieran sido unos kosovares o unos latin kings, hoy me habrían puesto el pijama de pino. La tercera es ¿Por qué coño no has llamado a la policía? Joder, por el control de alcoholemia, que hay que decirlo todo. Una copa es suficiente para meterme en líos administrativos. Y la cuarta es: ¿Por qué has huido por la ciudad? Me debería haber quedado quieto y dejar que se rompieran las manos intentando cascar los cristales mientras llega la policía, y si hay que tirar el carnet, se tira, pero la vida propia y las ajenas, no. Lo que pasa es que cuando te pueden los nervios, no piensas en otra cosa que no sea salvar tu vida. De verdad que podía haberles despistado, si la zona hubiera sido otra que las adoquinadas calles en obras del centro de Madrid.
Porque aquí nadie es perfecto, y yo también me equivoco, pero os juro que el rato que pasé yo, justifica cualquier locura que hubiera cometido esa noche. YO SÓLO HUÍA PARA SALVAR MI VIDA.
La noche más rara y horrorosa de todos los tiempos. Conocedor de mi suerte y de mi savoir faire, como dice una amiga mía, "huíste porque si hay alguien en la ciudad capaz de despistar a un coche que le dobla la potencia, eres tú, tú y tu cursillo de conducción. Cualquier otro se habría estampado en la primera farola". Puede, pero es innegable que tengo una suerte increíble. Habrá que dejar de tentarla.
Entre el autobús y el taxi que está parado en el semáforo, hay (así a ojo) dos metros treinta, y mi coche son dos metros veinticinco (más menos). Como sé que no puedo detener la tonelada y media de hierros que conduzco aceleradamente, me tiro al hueco, con tan buena suerte que me sale bien y paso, no sin antes desconchar el retrovisor derecho. Se oyen pitadas y gritos de furia detrás, pero voy demasiado rápido hasta para saber qué coche llevo, no hablemos ni de la matrícula. Huyo a derechas y callejeo. Ya no me sigue nadie.
Sudor frío. Músculos en tensión. Puñaladas de adrenalina se acomodan en mi pecho, mientras contemplo impotente cómo mis manos tiemblan totalmente fuera de control. No puedo apenas girar los antebrazos de la tensión muscular, y mis nervios amenazan con matarme allí mismo. Echo la cabeza hacia atrás, respiro hondo, y decido aparcar por ahí para relajarme diez minutos. Es IMPOSIBLE que me hayan podido seguir.
Avanzo unos metros para buscar sitio y cruzo una calle transversal, entonces, veo por esa calle un deportivo gris enfurecido dirigirse hacia mí, a una velocidad incalculable. Me quiero morir. Pienso que si hay alguna pesadilla, esta tiene que ser la peor de todas. Pisotón y de nuevo a la caza de la libertad. Doy vueltas por Madrid desconsoladamente, con un ojo en el espejo sin dejar de mirar los amenazantes faros de xenon y otro en la carretera. Sólo busco una jodida patrulla de policía que se los lleve al calabozo, aunque me cueste medio carnet de conducir. NI UN MADERO EN TODA LA PUTA CIUDAD. NI UNO. ¡Mierda!
A casi cien por hora recibo otro impacto que me desequilibra y casi pierdo el control. “Se les ha ido completamente de las manos, vienen a matarme” – es lo único que ronda por mi cabeza. No quiero morir, así que vuelo raso por las calles de la capital. Veo una salida a la autopista. “Ni de coña”- me digo. Si me embisten a cien por hora con un coche que vale dos veces lo que el mío, qué no harán en carretera abierta. Además, en la ciudad les puedo despistar con mis ciento y pico caballos, porque conduzco como Dios, pero en carretera me cogen en menos que canta un radar. Y si me alcanzan, me echan a la cuneta y eso sí que es muerte segura.
Puerta de Toledo, semáforo ámbar y… ¡GOOOOOL!. Tras diez minutos de persecución, que parecen diez horas, llego a Pirámides a una velocidad que no puedo contener. Tiro los dos pies al freno, pero soy consciente de que la fila de coches que tengo delante va a llegar antes de parar por completo. Mi coche se desliza por el asfalto mojado y va directo hacia un compacto francés que se ha querido parar ahí. Consigo esquivarlo mientras me deslizo pero no puedo evitar tocarle con el parachoques, apenas le he rozado.
Miro por el espejo y aparece el terrorífico deportivo, haciendo enormes sus faros en mi retrovisor, hasta que desaparecen cuando se empotra invariablemente en mi trasero. Se bajan las cuatro bestias pardas y se dirigen con furia incontrolable hacia mí. Con un lamento de desesperación, acciono el seguro de las puertas, pero se me olvidaba que ya estaba echado, con lo que se abren y automáticamente una corriente de aire frío me da en la cara al tiempo que un puñetazo me deja prácticamente K.O. Veo como una mano viene por el lado del copiloto hacia la llave de contacto y mis reflejos físicos, totalmente involuntarios y descontrolados, la interceptan y agarran como si fueran el último asidero de la Tierra.
Lo siguiente que recuerdo es ponerme a gritar, mientras me llueven hostias como panes de anteayer, y me agarro a la mano del indeseable que me grita incomprensiblemente “¡suéltalas, suelta las putas llaves, me cago en la hostia, te voy a matar, hijo de puta, sal de ahí que te voy a matar”. El cinturón me estrangula, me tiran manos por doquier de la camisa, del pelo, de los brazos, y sólo veo una algarabía de gente, mientras saboreo con fruición los nudillos de mis agresores. Debe haber lo menos diez o doce personas alrededor del coche, los del coche que me he comido, los cuatro animales, y otros tantos conductores que se han metido a mediar ante semejante matanza.
El espectáculo debe de ser aterrador desde fuera. Un coche estampado y cuatro salvajes machacando al que está en el interior, que grita espantosamente mientras le calzan, como hienas que arrancan los miembros del cadáver del antílope agonizante de turno. Harto de que me soben el morro, suelto un izquierdazo al aire con toda mi rabia, mientras me jodo los tendones apretando la mano del caníbal que me quiere quitar las llaves. Tan buena es mi suerte que el izquierdazo topa con un probóscide o parte del cuerpo semejante de alguna de las hienas, y cesa la lluvia de puños por el lado izquierdo. Lo siguiente es ir a por el del derecho, pero no hace falta, se ha rendido y ha liberado la llave. “Si llegas a joderme el llavero, ahora estarías muerto, cabrón”- le suelto absurdamente sin contemplaciones.
Entre sollozos y gritos de “¡Auxilio, que me matan!” y quizás invadidos por el miedo de la cantidad de testigos que hay, mis agresores se espacian y el conductor se acerca, intentando dominar sus nervios, que al parecer son parejos a los míos o quizás un poquito más, por el parachoques que lleva colgando desde Cibeles. Veo que el pobre hombre del coche francés, que se ha llevado mi coche puesto, está sujetando a una de las hidras, que se lleva la mano a la nariz sangrante, para que no me despelleje vivo. El conductor me dice “eh tío, no llores, ya está, se nos ha ido de las manos tío, eh, no llores joder, que no llores, venga tío, eh, venga… tíos, está muy nervioso el chico nos hemos pasado, tíos, joder, me cago en la puta… eh, que no llores, que no pasa nada, eh, nada ¿vale? Ahora lo arreglamos, eh, no llores”
Después de cuarenta mil “no llores”, encasqueto la llave en el contacto, pero una de las hidras, un Vicentín de tres al cuarto con ojos desencajados y sorbiendo por la nariz, como buen cocainómano que es, se me sube y me dice “apárcate ahí y no te vayas, o te mato” y yo, que soy muy obediente, me aparco. Y cuando salgo, ya es harina de otro costal. Ahora sí veo todo. Unos siete coches parados, un gentío inmenso y los animales que me han dado el palizón, están más nerviosos que un filete de cinco duros, pálidos todos. Es lógico, en ese momento debe haber unas diez personas llamando a los maderos, y aunque yo llevo una copa, el aliento del hijo de puta que conducía deja ver que lleva una botella por lo menos. Lo que no sé es cómo no se ha matado él. Si vienen los maderos, los mandan de cabeza a Soto del Real.
Me dice “tío, joder, deja de llorar, vas como loco, vas a matar a alguien conduciendo así tío, no se puede ir así” y yo le contesto “pero si me queríais pegar hijos de puta, si habéis empezado vosotros a darme golpes y a cruzaros, qué me estás contando… y el Vicentín ese me quería quitar las llaves y... y...”
Pero lo más bizarro, bizarrísimo, está por llegar aún.
En ese momento un rayo de vergüenza le parte por la mitad y dice “joder es verdad, tío, lo siento, venga joder, no me llores, dame un abrazo, ha sido un malentendido, tío, dame un abrazo”
Y me abraza. Yo no sé si suicidarme, prenderle fuego, o sacar la navaja del coche y hacerme unas botas con su pellejo. Me aparto de él como el que se aparta de un leproso, y le pregunto que cómo íbamos a arreglarlo. Dice que intercambiemos números y que quedemos mañana para hacer el papeleo, porque ninguno llevamos partes de accidentes. Mentira puta, claro que llevas hijo de perra, lo que llevas es una puta cogorza que no te aguantas. Cambio números con el pobre hombre del coche francés y nos disolvemos cagando leches, antes de que vengan los malos de las luces azules.
De camino a casa, con los brazos rígidos cual viga de acero, pienso en la cantidad de radares que habré tenido que disparar, la cantidad de gente que me habrá denunciado por conducción temeraria, la de moratones que me van a salir en el cuerpo, y el lío que voy a tener al día siguiente cuando el hijo de puta este me denuncie por haberle jodido el deportivo a su mamá. También pienso en el bocata de los chinos y en cómo un mal gesto te puede joder la noche, que había sido bastante mediocre, pero entretenida.
Hoy, un día después, he hablado con el interfecto del deportivo, dice que no quiere líos, que no va a dar parte, que mil perdones que se le ha ido de las manos y que bla bla bla… La verdad es que me jode que se vaya de rositas, pero me jodería más tener que contarle a mi familia que casi me mato al salir del bar, porque hay locos sueltos y esa noche me había tocado a mí. Me comeré el orgullo junto a mis moratones y dejaré de tocar las pelotas, porque sí que es verdad que hay partes conflictivas difíciles de explicar.
La primera es beber y conducir. La segunda es subirme marcha atrás encima de un coche que me ha embestido. Si en vez de cuatro pijos encocados, hubieran sido unos kosovares o unos latin kings, hoy me habrían puesto el pijama de pino. La tercera es ¿Por qué coño no has llamado a la policía? Joder, por el control de alcoholemia, que hay que decirlo todo. Una copa es suficiente para meterme en líos administrativos. Y la cuarta es: ¿Por qué has huido por la ciudad? Me debería haber quedado quieto y dejar que se rompieran las manos intentando cascar los cristales mientras llega la policía, y si hay que tirar el carnet, se tira, pero la vida propia y las ajenas, no. Lo que pasa es que cuando te pueden los nervios, no piensas en otra cosa que no sea salvar tu vida. De verdad que podía haberles despistado, si la zona hubiera sido otra que las adoquinadas calles en obras del centro de Madrid.
Porque aquí nadie es perfecto, y yo también me equivoco, pero os juro que el rato que pasé yo, justifica cualquier locura que hubiera cometido esa noche. YO SÓLO HUÍA PARA SALVAR MI VIDA.
La noche más rara y horrorosa de todos los tiempos. Conocedor de mi suerte y de mi savoir faire, como dice una amiga mía, "huíste porque si hay alguien en la ciudad capaz de despistar a un coche que le dobla la potencia, eres tú, tú y tu cursillo de conducción. Cualquier otro se habría estampado en la primera farola". Puede, pero es innegable que tengo una suerte increíble. Habrá que dejar de tentarla.
Es un gran momento para dejar de fumar, de beber y de conducir de noche. Y hasta de salir.
JURO QUE NO VOLVERÉ A QUEJARME DE LAS NOCHES ABURRIDAS DE MADRID.
A partir de hoy, me volveré asceta y ermitaño, y viajaré en bus.
Amén.


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