
Siento como el vaivén de las olas mece mi fantasía. La tarde es libre, pero la mañana se ha hecho mi esclava. Sentado en la inmensidad, intento separar uno a uno los brillitos del Sol en el agua. La arena me envuelve los pies, y las piernas, como unas botas hechas de hormigas febriles. El aire me despeina, manoseando mi cara, a ráfagas pequeñitas, atentas, como la cortina que baila tras el ventanal abierto. Decido tumbarme. La arena me apresa furiosa, como una procesión de aceite petrificado, rascando con malicia las virutas de placer, mientras un sopor caliente trepa por mi piel, implosionando en una ola de temblor ardoroso, que se evapora fugazmente para dejar paso a esa sensación de tranquilidad, de felicidad.
No siento nada más que el calor del Sol, la suavidad de la brisa. Los violines crean en mi cabeza la ilusión del paraíso, que se fragmenta al escuchar el grito de un mocoso desaprensivo, que sin ninguna consideración, dinamita mi elaborada red de sueños entretejidos con algas aterciopeladas y medusas de seda. Odio al infante, que ajeno a su disturbio, es objeto de mi sed de sangre por proferir gritos mundanos en mi tan bienvenido clímax de gozo.
Pero mi tan discurrido y preparado pensamiento, centrado en el blanco solar de la orilla y el azul abisal del mar, me vuelve a aislar entre el calor de la sal, el arrullo de las olas y el murmullo de violines, coreado con estridentes gaviotas ocasionales que bucean por el caldoso aire tropical, en un ademán cortés de atención a tan entregado invitado, disfrutante él de esos generosos baños de melanina.
Mientras me cocino irresponsablemente, jugos transparentes afloran de mi cuerpo, condensándose en forma de gotitas de sudor, cada una recipiente de mundos inexplorables. En mi delirio solar, corro desenfrenado por mi propia cara, mientras las gotitas, grandes como autobuses, resbalan a mi lado amenazando con engullirme en un salado revolcón. Abrazado a un pelo de mi bigote, me lanzo al vacío, con tan buena suerte, que un paracaídas de polen decide mostrarme a mí mismo desde arriba, rescatándome del fuego blanco del arenal.
A medida que asciendo en las corrientes de aire, diviso un abandonado cuerpo humano, de piel tostada con tintes gratinados, enfundado en un nuclear bañador de flores y una triste y melancólica camiseta azul sin mangas, que perfila los contornos del bienestar sapiens.
Me alejo orilla adentro, esquivando gaviotas y águilas en mi semilla voladora, hacia las montañas interiores. En los picos nevados, salpicados de rocoso café, corretean Heidy, Pedro y su rebaño de ovejitas. Al rozar la cumbre más alta, me tiro sin piedad hacia una puesta de Sol segura. Me siento en mi roca, y apoyo mi cara en el musgo caliente y húmedo. Una hoja otoñal sesga el aire, y con elegante balanceo se acerca y me invita a abordarla.
Subido en el envés, los laterales de la hoja ondean cual bandera pirata, en la entena de su tormentoso navío bucanero. Mientras me desliza planeando montaña abajo, el veraniego invierno pinta de amarillo mi verde hoja primaveral, que me abandona a la altura de un macizo de petunias rosas.
Ahí está, la casa de mis sueños, de ladrillo naranja, tejado a un agua, dimensiones ínfimas, rodeada de flores rositas y blancas, en medio de un césped eterno, en la falda de Los Alpes, con sus flores de trébol, y circundada por milenarios árboles que abanican canela, vainilla y jazmín.
Al fondo, los blancos picos nevados se yerguen majestuosos, mientras un frío aire limpio se clava en mis pulmones y me devuelve la vida que se me evaporó en la playa. El olor a pino y la música de chicharras me transportan a mi catatónico estado de embriaguez de vida, haciéndome cerrar los ojos de nuevo.
Y me tumbo entre las suaves agujitas de césped, que lejos de picar, me acarician con exquisito cuidado. Un olor a madera mojada me hace rodar por las rocas, entre zumbidos de locos grillos e insistentes cánticos de saltamontes, y el torrente de un furibundo arroyuelo gélido me chapotea en la cara. Decido sumergir mi tez en él, y noto el cuchillo de frío cortando mi cara al regresar a mi realidad. Tan sólo volviendo a mirar mi benévola casa de ladrillos naranjas, que ahora es de un educado blancor irresoluble, descubro una puerta de forja vieja y chirriante, con vidrios espantosamente traslúcidos, que comienza a abrirse.
Tras el chirriar de las bisagras, se perfila inconfundible, con su larga cabellera caoba cayendo en cascada por los lados de su tierna cara, con un tenue top blanco, cuyos tirantes reptan por sus hombros, para perderse debajo de su melena, la mujer que se apropia de mi existencia bajo amenaza de amarme para siempre. La claridad y nitidez del día, mezclados con la más apacible iluminación estival, iluminan su figura como una divina aparición.
Entonces, invariablemente, esa sensación de bienestar, de plenitud, se transforma sin avisar en una imparable y creciente sonrisa de felicidad suma. No puedo atajarla, ni siquiera contenerla, mi sonrisa se adueña de mi rostro y corro a darle el abrazo más fuerte que tengo guardado para ella.
Ella me devuelve el abrazo, y me hundo en sus mejillas para arrojarme al más tierno de los abandonos que pueda experimentar el alma. Me dejo caer con los brazos en cruz, desde sus rosados labios, y navego por su larga e interminable falda blanca, ribeteada con las más dulces flores de color madera oscura y sabor a fresa. Ella me recoge de nuevo y con otro abrazo, abro los ojos, y los nevados picos, el sotobosque y las flores rosas inundan mi visión.
No soy capaz de determinar dónde estoy más a gusto, si en la playa, o en la montaña, pero sé con certeza que tiene que ser a su lado. He vivido tan intensamente el placer, que puedo regresar con sólo cerrar los ojos. Amo a mi mujer. Amo el invierno tanto o más que el verano.
Amo a la vida. Cada día me adentro tanto en la esencia de la naturaleza, que soy más alma de la Tierra, que la Tierra misma.
Cada día estoy más aquí, que allí.
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1 comentario:
No dejes de escribir nunca, escribes de lujo Sergete..
un besazo de una amiga
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