lunes, 12 de octubre de 2009

Breve viaje sideral

Relato de una ínfima evasión nocturna.



Un ordenador, un rato libre, un Danubio Azul reiterante en los altavoces, y un olor a limón, porque acabo de fregar el suelo, mezclado con un nocturno y frío aire de octubre que se cuela por la ventana y me hace compañía. Como el gato del vecino, que se mete debajo de mi coche para aprovechar el calor que desprende el cárter. Pese a mi costumbre de arrojarle botellas de plástico vacías, el animal pernocta impasible, ronroneando, protegido de todos los peligros del mundo, tan sereno, tan apacible, tan a salvo de la inmisericorde vida gatuna…

Asomado a la inmensidad de la sierra madrileña, a través de mi ventana, contemplo la gélida noche oscura, y el dulce vals de fondo me invita a cerrar los ojos y pensar en cosas bonitas.

Y me imagino a mí mismo volando hacia el espacio. Pero no en una nave, ni en un traje espacial, ni siquiera en mi cuerpo. Sólo soy una nubecita de energía que viaja por el sistema solar. Veo la Luna, y la Tierra. No me apetece estar ahí hoy. Adoro a las dos, pero hoy quiero ver mundos nuevos. Decido ir a explorar Marte.

Un rojo mundo se me muestra ante mis ojos. Vuelo por encima de cobrizos valles, cauces secos y cañones escarpados. La modelada orografía marciana evoca mis recuerdos del Cañón del Colorado. Lo que más disfruto es la soledad, el frío… y el silencio.

Me aburro pronto de Marte, así que voy al cinturón de asteroides. Es cierto, hay millones de objetos, pero están tan separados unos de otros… Yo esperaba ver cientos de rocas bullendo como burbujas en una cazuela, dinámicas, hostiles, con ejes rotacionales dispares y movimientos imposibles, colisionando violentamente en una permanente guerra mineral, pero sólo se trata de rocas solitarias, quietas, frías y oscuras, que ven pasar los eones desde la infinita distancia. Posado en uno rugoso, negro y poroso como el basalto, apenas diviso otros asteroides, pese a mi esfuerzo.

Continúo mi viaje hacia Júpiter, mientras me compadezco de la inerte existencia de los anodinos pedruscos siderales. Allí se ve, inmensa, una enormísima bola naranja. Júpiter suena. En el espacio todo es silencio, pero Júpiter chilla. Es como un eterno lamento electrónico, que pega chispazos y crepita ocasionalmente, como esa rama seca que arde en la chimenea de las casas rústicas, durante los blancos inviernos españoles.

Júpiter es una condensación de tormentas. No, Júpiter es una gigantesca tormenta furibunda y agotada. Quiero atravesarlo, como lo atravesó Dave Bowman en 2001, Una odisea espacial. Guiño obligatorio, por eso de Strauss como banda sonora. Sonrío, y prosigo con mi viaje.

Decido cruzar en forma de relámpago la atmósfera joviana. Nubes fosforescentes, vientos implacables, cúmulos de energía, caos gris y marrón, olores fuertes, temperaturas dispares, y mucha fuerza. Después de largo rato, me adentro en una neblina densa, blanca y lumínica, como el que se aproxima a las puertas del cielo. Y después de eso, oscuridad. La superficie es regular, lisa, compacta. Se diría que es un suelo pulido eterno. Irritantes tormentas de arena me echan de allí.

Saturno es igual que Júpiter. Salvo que sus anillos sí que son mi verdadero cinturón de asteroides. Los fragmentos congelados bailan y se deslizan, como un río de diamantes, que atravieso sin cesar, como el buceador que nada a través de un banco de gigantescos y resplandecientes atunes. Me divierto hasta extremos insospechados. Me sorprende ver los fragmentos de una vieja sonda americana flotando casualmente entre los cristales cósmicos saturninos. Adelante.

Urano y Neptuno son dos insulsos y fríos mundos azules y grises. Es como estar en una réplica alisada de la Luna, horrorosamente sórdida, lóbrega y abandonada. Salgo pitando de allí.

Veo de lejos a Plutón y Caronte, un sistema binario bailando al son de los clarines, y son felices juntos. Relegados de la categoría de planetas, disfrutan en su danza de la ignorancia, o simplemente son ajenos a las insolentes calificaciones humanas. Pseudoplanetas o no, se miran, y orbitan uno junto al otro alrededor de un eje descentrado, inclinados en su órbita, y fuera de la eclíptica.

Todos les juzgan, todos les critican, desdeñan, y reniegan de ellos. Pero a ellos no les importa. Están demasiado lejos como para escucharles. Están abrazándose el uno al otro, sonrientes, felices… Pese a sus cuatrocientos grados negativos, desprenden una calidez inquietante y simpática, como en la casa de mi tía-abuelita, una casita fría, pero acogedora, con un brasero bajo el mantel, y un olor a sábanas viejas y paredes empapeladas que inunda la estancia. Caronte y Plutón están enamorados.

Y entonces me doy cuenta, todos les tienen envidia.

Decido no interrumpirles, y vuelvo a la ventana de mi casa, a contemplar las luces de la montaña, en mi Madrid, adorado Madrid. Levanto la vista, y les guiño un ojo a Plutón y a su novia. Mientras ellos se quieran, todo les irá bien.

Y yo durante unos breves instantes, reflexiono sobre el cosmos. Es tan inmenso, que se me escapa al entendimiento. Aunque tenemos teorías, demostraciones, fórmulas, religiones y convicciones, no sabemos aún lo insignificantes que somos, pero tampoco lo importantes que nos hemos vuelto.

Pasa un coche que me distrae abruptamente de mi somnolencia. Me estoy quedando frío, y a las horas que son, no voy a solucionar los enigmas del universo. Antes de sumergirme en las sábanas, vuelvo a mirar al cielo, y sonrío.

Qué fácil es la vida, cuando, en lugar de cuestionarla, la disfrutas.


No hay comentarios: