miércoles, 23 de marzo de 2011
Mando Estelar
sábado, 10 de julio de 2010
La lluvia de asteroides ya pasó...
martes, 23 de febrero de 2010
Han llegado.
Llegamos a medio día. Era un lugar precioso, en la falda de la montaña, abrigado de las ventiscas y con unas vistas espectaculares. Después de montar la tienda de apoyo, nos acoplamos en la cabaña y estuvimos bebiendo, fumando y jugando hasta entrada la noche.
- Venga Sergi, salta, que te alumbro - manduqueó Borja.
No me hacía ninguna gracia, pero aún así y todo, me la jugué. Estaba con dos colegas y una chica bastante valiente. No me pasaría nada. Salté y les alumbré para que hicieran lo propio. Diez minutos después, habíamos andado hasta la cima de la montaña sin tener que sortear excesivos obstáculos, ni escalar paredes de rocalla viva, como las que había en la montaña adyacente. Lo más molesto eran las pegajosas jaras que se adherían al poliéster de los pantalones, pringándolo todo y llenándonos de pelusa blanca. Una vez en la cima, el espectáculo era sobrecogedor. El manto de estrellas se extendía sobre nuestras cabezas cual fiesta de luciérnagas en un lago de petróleo. Qué gusto de paisaje, casi podía verme, fuera de mi cuerpo, flotando entre soles que arden y crepitan a millones de kilómetros, en los abismos siderales.
Súbitamente, unos ruidos de fricción, de hojas y ramas, nos sacaron de nuestro propio anonadamiento. Algo había hecho moverse las jaras a unos metros de nosotros, en el lado de la montaña opuesto al camping, en la negrura infinita. Guille encendió la linterna y alumbró la fuente del sonido.
- Tú, ¿has oído eso? - dijo con las cejas levantadas y los ojos muy abiertos.
- ¿Qué ha sido? Vámonos, vámonos de aquí YA - decidió Olga con el ceño fruncido - Al final nos comen los jabalíes. Bor, qué ideas de bombero tienes... Eh, vuelve, ¿Qué haces? Este chico es tonto...
Borja ya iba hacia el sitio donde se habían movido las hojas, y me hizo señas para acercarme con las linternas a ver qué era. Nos miramos con media sonrisa de complicidad. Él y yo nos figurábamos que sería un conejo, o una perdiz aturdida por el frío nocturno. Los jabalíes no subían tan arriba de la cima. Quizás una cabra montesa descarriada... Borja se esforzaba por alumbrar entre las jaras. Preparé la cámara.
- Lo veo - anunció Guille, unos pasos más atrás - Está ahí, Sergi. No, no, a tu izquierda. Despacio, tú, que lo vas a asustar. ¿Qué es?
Vimos movimiento un par metros por delante. Automáticamente alumbramos al ser que se aparecía delante de nosotros, para descubrir horrorizados lo que no se nos volvería a olvidar en nuestras vidas.
Los haces de luz iluminaron un rostro esférico, blanco, liso como la cabeza de un calvo. Unos ojos desmesuradamente grandes, negros y oblicuos, como almendras gigantes, nos miraron a todos, uno por uno, con sorpresa. Sólo sobresalía la cabeza por encima de la jara. Con la cara desencajada, y el pulso descontrolado, reculé, dando un traspiés, que me hizo apretar sin querer el botón de la cámara. El flash sorprendió a la criatura, que, abriendo su ínfima, negra y terrorífica boca alienígena, profirió una especie de gañido sobrenatural, como el grito de un avestruz, que se escuchó en toda la sierra. El sonido heló la sangre de todos los presentes, quebrando el silencio nocturno de la montaña, y activando un resorte que nos impulsó a chillar como colegialas cuando conseguimos adueñarnos de nuestros aterrados y convulsos cuerpos humanos.
La criatura desapareció bajo la jara y se dió a la fuga en diagonal por el sotobosque, apareciendo y desapareciendo en ocasiones su calva cabeza blanca por encima del jaral. Cuando me quise dar cuenta, yo llevaba un buen rato en el suelo, chillando, caído y tembloroso. Giré mi cabeza y contemplé que estaba sólo. Me incorporé de tal salto, que me habrían dado el oro olímpico si me hubieran visto.
- ¡¡¡¡Hijos de putaaaaaaaaaaa!!!! ¡¡¡NO ME DEJÉIS SÓLOOOO CABRONEEEES HIJOS DE PUTAAAAAA!!!!
Mis berridos tronaban en la noche, mientras yo me despeñaba montaña abajo. Me incorporaba, volvía a correr y volvía a tropezar. Borja y Guille estaban a unos doscientos metros por delante de mí, y Olga unas decenas de metros tras de ellos. Corrían como galgos detrás de una liebre, pero les alcancé en pocos segundos, en cuanto llegamos al llano. Cuando topamos con la valla, yo estaba completamente fuera de mí, por lo que salté el metro y medio de reja de un brinco limpio, sin pararme, para caer impecablemente al otro lado. Sin dejar de correr ni un segundo, como el que salta desde el felpudo por encima del suelo mojado de casa, cuando se tiene que ir al baño con urgencia, volé sobre unos montículos y me dirigí a la velocidad del rayo, entre las cabañas, hacia la civilización.
Corrí hasta el bar del camping, desencajado, mientras la gente se asomaba a las ventanas de las cabañas por nuestros alaridos. Sorprendentemente Borja y Guille entraron detrás de mí. Olga venía jadeando, la cara descompuesta y el sudor a flor de piel. Guille se llevaba las manos a la cara y Borja tenía los ojos fuera de las órbitas. Al entrar, la camarera nos miró con extrañeza, y acto seguido el bar entero. Irene y Dani vinieron corriendo hacia nosotros. Los dueños se debieron percatar de que algo no iba bien, porque se acercó el tipo, pelo blanco, con cierto deje nervioso:
- ¿Qué pasa chicos? Eh, ¿Qué ha pasado? ¿Estáis bien? ¡Chicos! ¿Me contáis que pasa? ¿Qué es, es un incendio? ¡Vamos!
Balbuceando, lloriqueando y gimiendo, explicamos lo que buenamente pudimos sobre el bicho que habíamos visto. La Guardia Civil se personó en cuestión de minutos, y hasta el Seprona, que estaba de guardia. Nadie nos hubiera creído, pero nuestras caras, nuestros temblores, nuestros llantos... no mentían.
Después de varias horas de dar testimonio a los guardias, y de ser atendidos por los psicólogos del SAMUR, a Olga se la llevaron en la ambulancia, en estado de shock agudo. Irene tenía miedo de nosotros y llamó a sus padres para que vinieran a recogerles a ella y a Dani. Borja, Guille y yo, abatidos, tomamos el camino a casa, en el coche. Tuve que parar una docena de veces por el temblor de las piernas.
Desde aquella noche de hace dos años, no hemos vuelto a mencionar siquiera el tema. Nunca nos atrevimos a contarlo. Seguimos visitando al loquero, que nos receta pastillas para la ansiedad. Tampoco hemos vuelto a dormir desde entonces.
Hoy, pasando datos al ordenador, me he encontrado con una tarjeta de memoria. Ésta es la única foto que había en ella:

Buenas noches.
lunes, 12 de octubre de 2009
Breve viaje sideral
Relato de una ínfima evasión nocturna.
Un ordenador, un rato libre, un Danubio Azul reiterante en los altavoces, y un olor a limón, porque acabo de fregar el suelo, mezclado con un nocturno y frío aire de octubre que se cuela por la ventana y me hace compañía. Como el gato del vecino, que se mete debajo de mi coche para aprovechar el calor que desprende el cárter. Pese a mi costumbre de arrojarle botellas de plástico vacías, el animal pernocta impasible, ronroneando, protegido de todos los peligros del mundo, tan sereno, tan apacible, tan a salvo de la inmisericorde vida gatuna…
Asomado a la inmensidad de la sierra madrileña, a través de mi ventana, contemplo la gélida noche oscura, y el dulce vals de fondo me invita a cerrar los ojos y pensar en cosas bonitas.
Y me imagino a mí mismo volando hacia el espacio. Pero no en una nave, ni en un traje espacial, ni siquiera en mi cuerpo. Sólo soy una nubecita de energía que viaja por el sistema solar. Veo la Luna, y la Tierra. No me apetece estar ahí hoy. Adoro a las dos, pero hoy quiero ver mundos nuevos. Decido ir a explorar Marte.
Un rojo mundo se me muestra ante mis ojos. Vuelo por encima de cobrizos valles, cauces secos y cañones escarpados. La modelada orografía marciana evoca mis recuerdos del Cañón del Colorado. Lo que más disfruto es la soledad, el frío… y el silencio.
Me aburro pronto de Marte, así que voy al cinturón de asteroides. Es cierto, hay millones de objetos, pero están tan separados unos de otros… Yo esperaba ver cientos de rocas bullendo como burbujas en una cazuela, dinámicas, hostiles, con ejes rotacionales dispares y movimientos imposibles, colisionando violentamente en una permanente guerra mineral, pero sólo se trata de rocas solitarias, quietas, frías y oscuras, que ven pasar los eones desde la infinita distancia. Posado en uno rugoso, negro y poroso como el basalto, apenas diviso otros asteroides, pese a mi esfuerzo.
Continúo mi viaje hacia Júpiter, mientras me compadezco de la inerte existencia de los anodinos pedruscos siderales. Allí se ve, inmensa, una enormísima bola naranja. Júpiter suena. En el espacio todo es silencio, pero Júpiter chilla. Es como un eterno lamento electrónico, que pega chispazos y crepita ocasionalmente, como esa rama seca que arde en la chimenea de las casas rústicas, durante los blancos inviernos españoles.
Júpiter es una condensación de tormentas. No, Júpiter es una gigantesca tormenta furibunda y agotada. Quiero atravesarlo, como lo atravesó Dave Bowman en 2001, Una odisea espacial. Guiño obligatorio, por eso de Strauss como banda sonora. Sonrío, y prosigo con mi viaje.
Decido cruzar en forma de relámpago la atmósfera joviana. Nubes fosforescentes, vientos implacables, cúmulos de energía, caos gris y marrón, olores fuertes, temperaturas dispares, y mucha fuerza. Después de largo rato, me adentro en una neblina densa, blanca y lumínica, como el que se aproxima a las puertas del cielo. Y después de eso, oscuridad. La superficie es regular, lisa, compacta. Se diría que es un suelo pulido eterno. Irritantes tormentas de arena me echan de allí.
Saturno es igual que Júpiter. Salvo que sus anillos sí que son mi verdadero cinturón de asteroides. Los fragmentos congelados bailan y se deslizan, como un río de diamantes, que atravieso sin cesar, como el buceador que nada a través de un banco de gigantescos y resplandecientes atunes. Me divierto hasta extremos insospechados. Me sorprende ver los fragmentos de una vieja sonda americana flotando casualmente entre los cristales cósmicos saturninos. Adelante.
Urano y Neptuno son dos insulsos y fríos mundos azules y grises. Es como estar en una réplica alisada de la Luna, horrorosamente sórdida, lóbrega y abandonada. Salgo pitando de allí.
Veo de lejos a Plutón y Caronte, un sistema binario bailando al son de los clarines, y son felices juntos. Relegados de la categoría de planetas, disfrutan en su danza de la ignorancia, o simplemente son ajenos a las insolentes calificaciones humanas. Pseudoplanetas o no, se miran, y orbitan uno junto al otro alrededor de un eje descentrado, inclinados en su órbita, y fuera de la eclíptica.
Todos les juzgan, todos les critican, desdeñan, y reniegan de ellos. Pero a ellos no les importa. Están demasiado lejos como para escucharles. Están abrazándose el uno al otro, sonrientes, felices… Pese a sus cuatrocientos grados negativos, desprenden una calidez inquietante y simpática, como en la casa de mi tía-abuelita, una casita fría, pero acogedora, con un brasero bajo el mantel, y un olor a sábanas viejas y paredes empapeladas que inunda la estancia. Caronte y Plutón están enamorados.
Y entonces me doy cuenta, todos les tienen envidia.
Decido no interrumpirles, y vuelvo a la ventana de mi casa, a contemplar las luces de la montaña, en mi Madrid, adorado Madrid. Levanto la vista, y les guiño un ojo a Plutón y a su novia. Mientras ellos se quieran, todo les irá bien.
Y yo durante unos breves instantes, reflexiono sobre el cosmos. Es tan inmenso, que se me escapa al entendimiento. Aunque tenemos teorías, demostraciones, fórmulas, religiones y convicciones, no sabemos aún lo insignificantes que somos, pero tampoco lo importantes que nos hemos vuelto.
Pasa un coche que me distrae abruptamente de mi somnolencia. Me estoy quedando frío, y a las horas que son, no voy a solucionar los enigmas del universo. Antes de sumergirme en las sábanas, vuelvo a mirar al cielo, y sonrío.
Qué fácil es la vida, cuando, en lugar de cuestionarla, la disfrutas.



