jueves, 26 de marzo de 2009

La ciudad se pudre


La ciudad se pudre.



¡Maldita ciudad!

Poco a poco la despreocupación y el desenfreno van cobrando sus piezas.
Yonquis malditos por el destino infectan las aceras con su deplorable presencia.
Mendigos desaliñados brotan en las esquinas, como costras de azufre que afean las tuberías del núcleo urbano.

Ya no hay gente normal.

Sólo quedan residuos, mal llamados humanos, subproductos de una vida hipócrita de bienestar diurno que se traduce en bífidus y dietas hipocalóricas, que te venden un intestino de reloj, para que seas esclavo del baño.
Cremas antienvejecimiento, cereales con fibra, batidos desnatados, cafés descafeinados, ensaladas sin sal, zumos sin pulpa, leches de soja, mantequillas sin grasa y uvas sin pepitas. Todo es sonrisa y perfección en la ciudad.

Pero de noche todos los gatos son pardos.

Una epidemia de fornicación sin afecto asola el gris del asfalto, donde la vida humana no tiene más valor que el peso de la carne.
No queda lugar para la sinceridad y el amor, proscritos junto con la lealtad de este infierno de humo y cemento que envenena el oxígeno de los valores morales que habitaban en los viejos códigos de honor.

Entre tanta podredumbre de vicio líquido y cínica pastosidad, me araña la garra del tedio y el hastío del vacío que queda entre las esperas del pecado clandestino.
Porque alimentarse de un manjar no deja el buen sabor que debería, cuando se pasa tantísimo hambre entre comidas, y es que tanta dosificación de buen vino a veces hace desear algo más de garrafón, pero más al fin y al cabo.

La ciudad no respeta NADA.

Nadie está a salvo del interés, la falsedad, la nocturnidad, la locura, el desenfreno. Rebaños locos de sudorosas siluetas atestan las madrigueras carcomidas por los decibelios mientras rebosan en deseos injustificados y anhelantes de cuerpos que devorar, pecados sin virtud carentes de amor y cariño, ni tan siquiera ganas de compañía, sólo sexo, sexo, sexo.

Sólo SEXO. El sexo lo invade todo. Putas en las esquinas del casco viejo, enseñando carnaza a los tiburones solitarios que pasean sus maletines llenos de dinero y vacíos de amor. Hasta yo las veo y tengo ganas de echarlas un polvo, y siempre me pregunto lo mismo: ¿Qué pasaría si…? Y siempre acabo renegando de mi propia naturaleza de sádico y repugnante e intento seguir en el lado luminoso. Esas putas no me van a dar lo que yo busco. Yo busco AMOR.

Travestis y otros intentos de la naturaleza, intentos errados de vidas interesantes que se acaban convirtiendo en experimentos de la raza humana que sólo derivan al mismo propósito, el vicio sin medida, discuten como locas porque una le ha copiado los zapatones a la otra. Miro y no puedo más que hacer una mueca de asco, e intento imaginar que ellos son felices con sus vidas, que para algo las han elegido. Algunos están hasta decentes, y con la misma rapidez que desestimo a las putas, hago lo mismo con estos bichos. Sólo me faltaba pagar para tener sexo con un hombre disfrazado de mujer. El caso es que el vicio me corrompe por tan siquiera pensarlo.

Qué asco de ciudad. Maricones, lesbianas, putas, viejos verdes, yonquis, vagabundos… Ni siquiera las funestas películas barriobajeras y chabacanas de Almodóvar serían capaces de retratar una esquina de este infierno maldito, infectado por el germen de la autodestrucción lasciva, y el denigrante pecado de la lujuria masificada y sin depurar. Tanta vileza hace que los buenos nos sintamos a disgusto con nuestra propia naturaleza.

¿Acaso soy yo, organismo solitario, mejor que la puta travesti que se vende al mejor postor, o al único, en una vulgar esquina? Ella, o él, o ello, al menos se acuesta con repugnantes sin escrúpulos y con estómago de acero, pero se acuesta. Yo regreso a mi cueva último modelo, con mi traje de modisto italiano, mi maletín, mi curro de cinco estrellas, mi coche, pero regreso más sólo que la una, pensando en pagar a una rusa que me limpie el badajo y pueda esquivar el vicio un día más en mi triste y abandonado calendario de soltero de oro. Menos mal que mi novia Soledad me es fiel, que siempre me espera tras la puerta de mi chabola.

Y sin embargo, cuando la soledad arrecia, enjambres de parejas variopintas atacan despiadadamente el alma de los lobos solitarios, que de tan lobos a veces gustarían de ser comidos cual cordero por alguna tigresa. Y las heridas del alma sangran ríos de envidia y odio que algunos, como el que aquí escribe, tienen la habilidad de proyectar a modo de sátiras envenenadas contra el apestoso hogar de hormigón y acero en el que habitan.

Al final, tan grande es la ciudad como mi ocio, mi falta de atención, mi ego y mi soledad. A veces daría cualquier cosa por algo de compañía, pero no me vale la tuya, ni la tuya, ni la tuya. Sólo me vale la suya, la de ella, la de ella y nadie más. Agradezco los parches temporales, pero no quiero hacer sentir a nadie más vil de lo que yo me siento, y aceptar una noche de compañía de otra persona necesitada iba a ser igual de ruin, insatisfactorio y miserable para los dos, que si yo me fuera de putas. El único medicamento que palía mi dolor es el que no me van a recetar porque soy alérgico a él.

Y una vez más, sorprendo al cáncer del vicio y engaño apoderándose de mi egocéntrica médula, y los tentáculos de la compañía altruista vuelven a tratar de aferrarme para arrastrarme hacia el fondo de mi incomprensión. No creo que me pueda sentir aún más vulnerable, con el anzuelo de la estupidez desgarrando la boca de mi necesidad.

Qué triste es para un listo, descubrir que lo engañan como a un chino.

Y un día más, me acuesto con la esperanza de que el eco de mi agónica y vacía casa se vaporice mañana entre gemidos de placer, el goteo incesante del alcohol, el ruido de los besos y los golpes de la madera contra la pared.

Y me levanto con la esperanza de que esta podrida ciudad humeante se convierta en un paraíso terrenal donde se permitan para mí los pecados y la lujuria que tanto señalo con el dedo y critico con saña. Cada día me da más asco tenerlo todo y no disfrutar de nada, pero tampoco creo que el que disfruta de todo y no tiene de nada sea más feliz que yo. Ni tan siquiera quiero pisar esos submundos. Sólo necesito que me ame a quien yo amo, y que lo haga de verdad, no de boquilla.

Y con la esperanza de dejar de quejarme de una vez, de los estertores agónicos que coletea la ciudad. Ciudad que se consume en las propias cenizas de la liberación carnal del siglo veintiuno, rebosante de sex shops, locales de alterne, puticlubs, barras americanas, moteles de carretera, masajistas chinas con derecho a follártelas a pelo, locales de intercambio de parejas (¿cómo puede existir eso y ser compatible con el amor?), bares donde se lo montan en la barra, hoteles-picadero, fumaderos de hachís, lugares donde los hombres follan mujeres que follan con hombres que han follado con otros hombres que han follado con mujeres que follan con mujeres y los que no con cabras y con perros y algunos con vibradores nucleares y...

Qué asco de sarnosa y corrompida ciudad de denigración y vergüenza de la raza humana. Cuanto más presumimos de evolucionar más nos parecemos a vulgares amebas cuya única función en la vida es copular sin límites hasta morir por alguna enfermedad venérea que acabe con los ejemplares más débiles (y ojalá los más promiscuos).

Estamos condenados a una mierda de vida, pero peores somos los condenados a envidiarla desde las sombras. Como dicen en cierta película, lo que no entendéis, mensajeros profetas practicantes de la diosa lujuria, es que yo no estoy confinado con vosotros, estáis vosotros confinados conmigo… Yo tendría miedo de estar en vuestro lugar. Lo que tú haces sin ninguna mesura es menos de la mitad de lo que yo pienso hacer a diario. De momento me contengo, porque aún no aprieta el cascabel, pero ya veremos, que dijo un ciego.

Y todo esto se arregla echándome novia. Ostias, haber empezado por ahí.

¡Maldita ciudad!




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